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Border: ¡Ese mi Güero!

by Jorge Santana

La depresión me persigue, como si la trajera amarrada y no importa cuánto corra siempre estará tras de mí, como si fuera una extremidad fantasma que se te olvida existe. He aprendido a vivir con esta mente nublada y gris, a sonreír más de lo que debo, capaz y en una de esas me creo tanta sonrisa, he aprendido a bailar, aunque no quiera, total de algo nos tenemos qué morir. A pesar de todo es hermoso vivir en el desapego, en el saber que tú eres el único salvador de ti mismo, en esa vida libre de codependencias, aunque cuando ocurre algo, sin importar la edad, siempre se corre a mamá como un ciervo recién nacido. Cuando estaba pequeño pasé por un desfile de nanas y empleadas domésticas, siempre se convertían en mis mejores amigas, en ese rancho donde no había nada, en ese monte rodeado de luna espesa por las noches, y de arena hirviendo por el día como una cárcel, no tuve más remedio que ser amistoso y romper esa coraza. El primer día era uno especial, les mostraba dónde estaban las cosas, cómo funcionaba la casa, por eso desde pequeño sé usar cloro y trapear hasta que quede como espejo, por eso, tal vez, desarrollé esa obsesión mía por la limpieza, por el orden, casi de manera loca y matemática, aunque si ven mi recámara, mi escritorio o mi coche, pensarían ahí vive un pordiosero, y es que, siempre hace falta un poco de desorden para poder relajarnos y estirar las alas, ya saben, todos debemos tener ese cajón lleno de tiliches sin par aunque la casa esté limpia. Por eso es que debe gustarme tanto el libro Polvo de Guadalupe Amor, aunque ella hablaba del otro polvo, en el que nos convertiremos un día. Yo quiero imaginar habla del polvo, del que se llena mi casa vieja y me tortura tanto, con los siguientes versos de Pita me gusta trapear y repetirlos como rezando

Me envuelve el polvo, y me inquieta.
¿Por qué vendrá de tan lejos?
Y ¿cómo en residuos viejos
mundos pasados sujeta?
-El polvo no tiene meta,
ni principio habrá tenido;
sé que siempre ha contenido,
en su eternidad convulsa,
la arcana fuerza que impulsa
a lo que es y a lo que ha sido.

Conocer las historias, a veces de terror, de las chicas que trabajaron en casa, desarrolló en mi la empatía, en mi ser distante, huraño y frío, logré esa otra tortura, ser empático. Tortura porque el mundo es uno terrible, y eso de ponerte en los zapatos de otro, ese vivir en carne propia el dolor ajeno, es tan atormentador pero necesario, creo, para comprender al mundo. Por eso, muy en el fondo, detesto ser blanco, porque creo eso trae ya un montón de privilegios sin que muevas un dedo. Ser blanco en México es como una llave mágica a tantas puertas cerradas para los de otro color. Es una llave mágica para que tanto idiota bueno para nada pueda tener puestos de privilegio sólo por ser clarito. Recuerdo un periodista de apellido Guerra que ya falleció, comentó una vez que los españoles no habían sido tan malos para México, porque sin ellos no tendría a su nieto güerito y con esos ojos bellísimos azules. Es tan injusta la vida, pero qué le voy a hacer, una vez de chico hasta traté de broncearme y terminé hospitalizado en el hospital Shriners para quemados. Tal vez todo empezó con la poesía coral Raza de Broce de Amado Nervo que me sé de memoria, aunque es larguísima y sosa, recuerdo haberla memorizado en una sola noche en mi casita del árbol. La declamé muy chico, cómo me desesperaba por recitar esos versos y ver mis manos casi trasparentes haciendo los ademanes.w En fin, querido lector, ya nos fregamos, así nos tocó, no nos queda de otra. 

-jorgesantana1@gmail.com 

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