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Border: Hablemos de Roma

by Jorge Santana

No quiero hablar de la maravilla de película que es Roma, de eso ya muchos han hablado, quiero hablar de lo que me trajo, la manera en que sacó del profundo pozo de mi memoria los recuerdos más lejanos que estaban casi al filo del olvido total. Crecí en la enorme boca abierta de la soledad. Lo que me rescató fue la imaginación; inventarme amigos, juegos, historias. Era un lugar tan alejado de todo que había que inventar hasta la vida misma porque ni eso estaba ya hecho. Muchas veces mientras mamá estudiaba su carrera universitaria o le dedicaba tiempo a su negocio, mientras mi padre le entregaba toda fibra de su ser a un empleo o al coñac, yo me quedaba ahí, solo, con las chicas del aseo que servían de nanas. Por eso sé limpiar tan bien la casa, sé restregar tazas de baño, pulir madera, usar un chorrito de cloro para trapear la cocina, sé barrer bien, sacudir y escurrir a la perfección un trapeador; pero lo más importante, sé tener empatía. Las historias de mis nanas eran desgarradoras. A lo largo de mi infancia hubo muchas, de todas edades, de muchos estados de México, con todos los sabores amargos del dolor. Me platicaban todo mientras barrían las hojas del inmenso jardín o mientras me acurrucaba con ellas en su cuarto en las mañanas frías, mientras me recuperaba de hepatitis con hot cakes inundados de miel, me contaban todo mientras veía cómo tendían la ropa y cerraba los ojos por respirar el delicioso aroma del suavitel en la ropa escurriendo en el lazo. De alguna manera rara me tenían confianza, en esa soledad éramos un refugio mutuo a veces, a ratos no había más. Una mujer contarle sus penas a un niño de 8, 9, 10 años; un niño, escucharlas, sin comprenderlas del todo. Pondré cualquier nombre, como Mercedes, que nos robaba comida en cantidades considerables, pero era porque su marido la golpeaba y le quitaba el dinero, y me abrazaba tan fuerte llorando pidiendo perdón y yo lloraba tanto con ella, como nunca. También estaba Queta, su lenguaje era el maya, el español lo hablaba muy poco. Tenía a su bebé en casa. Queta sólo se ponía tacones y colorete para ir a la tienda departamental más conocida y ver si de casualidad se topaba a su ex, aunque estuviera con la otra, y decidía volver a ella, a su hijo. Recuerdo a Tina, había dejado a sus hijos en su pueblo y los extrañaba muchísimo y se apretaba a mi como si yo fuese ellos, y dejaba que me abrazara y llorara y no le preguntaba por qué, porque ya sabía. Muchas más, con las historias de terror de sus expatronas, de las señoras ricachonas copetudas que las trataban de lo peor, las historias de sus expatrones manolargas, las injusticias. Así, incontables verdades de terror, yo sin poder hacer nada, como una pequeña esponja. Un día sólo se iban, seguían su camino, otra ciudad, otra casa, y ya no volvía a saber nada.  Esas madres momentáneas desaparecían como en un acto de magia y llegaba alguien más y el ciclo se repetía. En todas dolor. Tal vez eso contribuyó a mi visión pesimista del mundo, saber de tan pequeño que la vida está llena de horrores, que el amor es un arma de doble filo, triple diría yo. Ahí las vi, en Roma, y me destruyó el alma de la manera más bella. Hoy en día, yo limpio mi casa, y sé moverle a la estufa, y sé pulir la madera, y dejar un baño inmaculado y barrer la calle y tender una cama que quede lisita la sábana, y… sé sufrir con el dolor ajeno, y sé llorar por lo que ven otros ojos, y es el mejor regalo que esas mujeres dejaron en mí. Para ellas todo mi agradecimiento, donde sea que estén. Hoy en día tengo mis propias historias, mi propio dolor, mi vida que si estuvieran aquí, ahora a ellas les tocaría escuchar. Hay mucho run-run sobre si la película es buena o mala o está sobrevalorada, pero Roma trajo aquí a mis nanas, a mi sala donde proyecté la película. Escarbó con una pala de oro todas sus caras y sus historias, y se llenaron mis ojos de infancia por un pequeño momento. Respiré el aroma del suavitel, y de las hojas quemándose en otoño, el olor del aceite rojo para limpiar la madera; la sal de sus lágrimas cuando me apretaban a su pecho y caían en mi cara…Les deseo lo mejor en estas fechas de alegría melancólica. Beban, coman, bailen mucho, total de algo nos tenemos qué morir. Ni modo mano ¿qué le vamos a hacer? 

-jorgesantana1@gmail.com

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