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Frontera: El Arte del Desorden

by Jorge Santana

Marie Kondo es una organizadora profesional. Kondo se lanzó a la fama por sus libros de cómo vivir una vida libre de ataduras por esas cosas que vamos acumulando y que, para ella, no necesitamos. Netflix recién lanzó su serie y causó un revuelo tremendo. Dice Marie Kondo que sólo debemos conservar aquello que nos produzca una “chispa de alegría”. No quiero contradecirla, estoy seguro que sus millones y millones de seguidores habrán encontrado paz, armonía, una mejor vida siguiendo los consejos de Kondo; pero entonces, me pregunto ¿quiero yo sólo aquello que me produce una chispa de alegría? La respuesta en mi caso, es NO. He dedicado mi vida a coleccionar cosas que me agradan y me desagradan, cosas tangibles e intangibles, policromas, soy un gran hacinador de memorias, de chatarras sin sentido que guardan un pedazo de mí, de alguna manera. Pero bueno, tal vez entiendo a Marie Kondo cuando dice “sólo conserva aquello que te produce una chispa de alegría” A mí me produce una alegre pirotecnia las tristezas, los libros que me hacen sentir incómodo y me perturban, que hacen mi mente explote en mil pedazos de maravilla. También me produce alegría ver esas cosas que me recuerdan a momentos faltos de chispa, desposeídos de luz, donde no había nada, esos episodios de vida que movían a mi pie en un tap tap tap de manera hiperactiva esperando llegara algún big bang. Amo, y digo amo sin prostituir a la palabra, amo con todo mi corazón a los cajones desordenados que son siempre una gran sorpresa por encontrar en ellos cosas que nunca pensé tenía. Me hace sonreír ese rabiar por tener 40 plumas y que ninguna tenga tinta, mojar la pluma con la lengua y sacudir y sacudir, sabiendo no hay esperanza. Me hace sonreír de pronto ponerme un calcetín rojo y el otro azul por el desastre en el cajón de los calcetines el cual estoy seguro es habitado por seres místicos. En el desbarajuste de mi escritorio encontré una paz perturbadora, como esa calma antes de la tormenta. Hay una tranquilidad desorientada en las pilas de libros tutifruti, en los apuntes reventados por toda mi oficina que ya no entiendo, libros a medio leer abiertos boca abajo porque los 23 separadores que tengo no sé dónde están. Todos esos cuadros falsos que se amontonan en mis paredes, no quitaría ninguno, me gusta sentarme a verlos aunque provoquen una sobrepoblación tercermundista en mi mirada y hagan que me duela la cabeza. En el buró junto a mi cama hay un caos con todo lo necesario para sobrevivir el apocalipsis; desde cremas para ronchas que no tengo, hasta controles remotos para aparatos que ya no existen. Tengo un cuaderno donde anoto poemas inconclusos en un desorden tal y atiborradísimo de garabatos, que se han vuelto un solo poema haciendo un homenaje al desastre. Me gusta olvidar cosas en el refri así cuando llega el apetito voraz y piensas no hay nada, al buscar pues encuentras, y te preparas un buffet digno de un rey venido a menos, pero rey al final. Dentro del banquito del piano están los libros que me prestaron y tengo pendiente devolver (perdóname si tú me lo prestaste, dame unos años más y los devuelvo) y mi auto, mi auto no se diga, es una jungla salvaje que no teme a ningún Dios. Así me gusto y me quiero, con la cartera llena de recibos de compra de hace 3 años, con la repisa del baño llena de medicinas caducas y letales. Entonces me quedo con todo, ya me fregué porque todo lo que poseo, lo que me hunde y lo que me eleva, me produce esa chispa de alegría… Me quedo con todo, pero, sabiendo que, si un día ese todo ardiera, si un día todo desapareciera y me quedara en la calle, también, tendría una chispa de felicidad; así que me quedo con lo tengo, y con lo que no, por si acaso.  Ni modo querido lector, mesmamente así es. 

-jorgesantana1@gmail.com

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