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Frontera: Nos Hace Falta Noche

by Jorge Santana

¡Qué cosas suceden con el apagón! La noche de anoche se fue la luz por unas horas. Eran pasadas las 12 y yo me disponía, a esa tenebrosa hora, a trapear con un chorrito de cloro el baño y ¡zaz! de pronto se hizo la oscuridad. El barrio donde vivo en el centro de Laredo, el de Tejas, tiene más de 100 años, por la ventana de mi recámara en el segundo piso veo los copos de las casonas victorianas, veo las manadas de pericos, esa población de miles de aves verdes que tomó al barrio como hogar. De inmediato y a tientas, abrí las cortinas de las ventanas enormes y dejé que la oscuridad entrara, esa luz rosa tenue que me gusta tanto de las nubes bajas, todo de noche, la negrura en su máximo espectáculo. Corrí al cajón de las linternas y no me sorprendió que ninguna tenía batería, así que corrí al quinqué y ese, ese nunca falla. Quinqué en mano subí las escaleras de madera envuelto en el beso de la luz amarilla quedito y el sonido del rechinar del piso, la casa a oscuras habla más que alumbrada, dice cosas que, si no fuese por la oscuridad, no las escucharía. Subía sin miedo, ya no le tengo miedo a la casa y a su noche, a sus cuartos vacíos y melancólicos, a sus ruidos curiosos del ático o los susurros que salen del sótano y las chimeneas, hace mucho tiempo acepté que la casa o estaba embrujada o llena de extraterrestres, una vez que lo acepté hubo mucha paz. Hay un dicho que dice -si no puedes combatirlo pues únete- claro, que no aplica para todo y menos en esta ciudad devastada por el narco. Salí al jardín con quinqué en mano, porque Chopin, el pastor alemán con los ojos más sinceros de todo el ejido, ladraba mucho. Al salir, sentí el poder de la noche, todo en silencio. Pensé que el pasado debe haber sido un lugar muy silencioso. Imaginé a mi casa hace 129 años cuando fue construida. Las calles de tierra, sin ruidos de motores, sin karaokes desafinados de vecinos, sin aviones, sin el ruido de la electricidad, todo en un silencio abundante, todos escuchando lo de todos, estoy seguro que hasta podías escuchar las pláticas de porche a porche, escuchar a la dama victoriana ser sometida por el marido pero de una manera muy caballerosa, escuchar el llamado a la cena en la mansión Richter que está a una cuadra, el silbato de los barcos de vapor pasando lentos por el Bravo, escuchar a la persona misteriosa caminando a deshoras silbando bajito. Eran tiempos donde reinaba el silencio, silencio que disfruté parado al centro del jardín bajo la floreada pata de vaca, envuelto en la obscuridad más sincera. No era tétrico, fue hermoso, como volver a algún tipo de origen. Vi a la noche abrir sus alas, sentirse noche de verdad, como desmaquillada, soberbia, sin la ficción de la electricidad, como quien se mira al espejo antes de arreglarse y se ama así, así como es. Después de abrazar a Chopin y decirle que todo estaba bien, regresé a casa, regresé a mi recámara y me dispuse a dormir, quería dormir arrullado por la noche, por una noche de a deveras, por ese silencio delicioso que todo lo invadía, pero justo cuando mis ojos se cerraban, volvió la corriente, el carruaje se volvió calabaza, la magia terminó. Volvió el reloj y el pendiente de ajustar su hora, volvió la computadora donde reviso el estrés de los recibos por pagar, volvió el clima artificial, el roer del refrigerador, el zumbido del abanico, el celular cargándose, el vecino fastidioso y su bocina asfixiante. La noche volvió a pintarse con un lápiz labial eléctrico y de mal gusto para salir a pasear. Se acabó querido y no tan querido lector, hay que volver. Me puse los audífonos y dejé que Chopin, el pianista, destruyera lo último que quedaba de ese gran silencio, él es el único que tiene perdonado hacer eso. 

-jorgesantana1@gaitanosmail.com

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