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Frontera: Al Fondo a la Derecha

by Jorge Santana

La semana pasada hice una fiesta en casa. Regularmente hay una vorágine de edades. Los de ciertos años por aquí, los de otros, por allá. La casa se presta para que haya países, bunkers impenetrables en cada rincón. Los platicadores intensos en el comedor junto al bufet despeinado; los tranquilos conversadores en la sala formal bajando el volumen sin que me dé cuenta para poder platicar mejor; los cuasi-jóvenes incomprendidos, comprendiéndose en la biblioteca; los que no saben qué onda en la entrada sentados junto al piano desafinado. A la cocina van los que tienen algo serio que decirse y no soportan el ruido de la música cabaretera. En la salita junto al baño, bajo la luz psicodélica y mareadora, de pronto se forman conversaciones densas mientras esperas tu turno. Afuera están los fumadores, ahí también está la pequeña pista de baile improvisada sobre el piso de cerámica antiguo. El humo del cigarro es un megáfono para las luces de disco que penden de una orilla. La luz siempre está baja por toda la casa, a propósito, pero, en la entrada principal, todos nos vemos bien bajo la luz roja junto a la puerta también roja, como la lengua de un dragón hambriento. Las ojeras se van, la edad, las arrugas, en la luz tenue todos acabamos de nacer, pero nuestro llanto, después de la nalgada del médico, es una carcajada. Esa noche la oscuridad era espesa, podía hasta tocarse el pálido viento de lo caliente, el calor era una espuma rabiosa que flotaba como dirigible de desfile. El sudor nos empapaba a todos, como un beso mojado del cual no había escapatoria. Ya para las 12, la mesa de comida está en ruinas, se quitó las medias y se puso a descansar, con una hasta romántica desfachatez. Había una piscinita inflable para las bebidas; repleta de hielo era un oasis, pero ya para esas horas, está convertida en la escena de un crimen, flotan las pocas bebidas que quedan como cadáveres. El baile comenzó ya tarde, felizmente resignados al calor, poseídos algunos por el espíritu indómito del vino barato. Los peinados ya se habían desinflado por tanto calor, la formalidad era un recuerdo vago. Es fácil olvidar debes ir contando cuántas copas de vino llevas, es fácil olvidar las terribles penumbras de la vida, aunque sea por un momento. Dicen que, en los casinos, algo le ponen al ambiente, algún aroma en el aire acondicionado hace que apuestes de más, como feromonas obligando al juego. Pienso que algo así ocurre en esas reuniones, o yo no sé si será la combinación del cigarro, del vino, de las luces, del rojo tenue, de los croissants pequeñitos de atún y pollo. No sé qué será, pero yo tan serio siempre, terminé desarmado por ese algo en el ambiente. A veces, no queda de otra más que bailar, aunque el mundo arda, arda, arda… 

-jorgesantana1@gmail.com

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