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Frontera: Si Te Vas Más Lejos Me Pides Permiso

by Jorge Santana

Nunca había puesto atención a la ventanilla del avión cuando aterrizo en Nuevo Laredo hasta que una monja me puso a pensar. Ayer sábado arribé de la Ciudad de México en el único vuelo atiborrado siempre, que queda entre ambas ciudades. A una hora incómoda, a media tarde, aterriza diariamente al esquelético Quetzalcóatl; el abandonado aeropuerto de Nuevo Laredo que apenas y sigue respirando. Me tocó sentarme junto a una monja afro que hablaba un español nítido. No conversamos en todo el camino, me incomodan las monjas, tal vez por tanta película de terror que he visto o por la santa inquisición. La observaba de reojo de vez en cuando. Tenía una paz en sus movimientos, pero no hablo de paz religiosa, simplemente esa paz que logra quien está feliz consigo mismo. Tomaba el vaso de agua hasta con dulzura; cuando había turbulencia unía sus manos en oración silenciosa. Sus movimientos de oso perezoso, con el ritmo de un barco en aguas tranquilas. Veía la hora seguido en un reloj diminuto y dorado que escondían sus holgadas ropas. Iba tarde a algo, pero su cara no dejaba verlo, aunque era mayor, estaba limpia de arrugas, quizá es porque no usan maquillaje.  La ventanilla estaba abierta, me gusta tenerla abierta siempre, aunque el sol me salpique de radiación letal; cuando de pronto anunciaron el descenso. Entonces la monja apuntó a mi ventanilla y me dijo rompiendo de tajo todos los silencios “¿ya vamos a aterrizar? pero ahí hay montañas y en Nuevo Laredo no hay montañas” Le expliqué que el descenso empieza desde muy antes de arribar a la región de Laredo; saqué el mapa y creo, aunque no estoy seguro, soy torpe para estas cosas, le dije esas formaciones o cerros eran Sabinas, quizá Monterrey o por ahí. Ella me respondió “estamos tan cerca de todo y tan lejos de todo en Nuevo Laredo”. Esa frase me puso a pensar en qué tan lejos creemos estar de las cosas. Aquí por ser frontera existimos a la mitad del camino. Nuestra frontera es el ombligo de todos los inicios y al mismo tiempo el final de muchos. Cuando era pequeño y vivía en una comunidad en las afueras de Nuevo Laredo, las distancias se me hacían enormes. Quizá por lo pequeño que estaba, caminar 500 metros era ir lejísimos. “¿Dónde compraste esas papitas? -Allá hasta la Iglesia bien lejos” y la iglesia estaba a 3 cuadras de mi casa. Mi universo era mi hogar, mi patio, la tienda la esquina, y todo lo demás que no estaba en la cuadra, era remoto. La farmacia ubicada a unas 4 cuadras de mi casa, estaba en una distancia que había que pedir permiso para poder ir. En verano las distancias las medía el sol, el calor, porque no me gustaba usar zapatos y a la tiendita donde todo escaseaba, iba corriendo, para que no me quemara demasiado la ardiente arena. Entonces ir muy lejos en verano no se podía sin tener que enchufarte a esos fastidiosos zapatos y claro pedir permiso. Pero sigo pensando en el avión; ahora que ya soy un adulto, y tengo coche y puedo viajar, y veo por la ventanilla que cosas maravillosas como esos cerros, en realidad no están tan lejos. Ya no tengo que pedir permiso para ir la farmacia o al mar o la nieve. Ya me gustan los zapatos y no hay verano que pueda detenerme. Pero sigo aquí, y mi mundo como cuando niño, sigue siendo uno pequeño, porque así lo quiero. Mientras descendía para aterrizar veo por la ventanilla a la colonia donde crecí, tan pequeña que se ve, y esas distancias enormes de cuando era niño, ahora me caben en la uña. Veo también un largo convoy del ejercito entre las calles; entonces sé que arribé a casa, y una paz inexplicable no tanto como la de la monja, me envuelve y me aprieta enérgicamente. Ya llegué a este pequeño mundo que amo tanto; tan lejos de todo, tan cerca de todo, dicen. 

– jorgesantana1@gmail.com

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